GÁRGOLAS

 

Vivo con una gárgola. No, no se rían. Es la verdad. Vivo con una gárgola que me protege. Es muy pequeña pero si algo me ocurre, sale en mi defensa ferozmente. Podría ser algo bueno si no fuera por su agresividad. Además me defiende aún cuando no lo necesito. La última vez casi ataca a mi jefe cuando me pidió que  rehiciera un trabajo. Tengo muchos problemas para esconderla, pues aunque no lo crean, aún nadie la ha visto. Ni siquiera ustedes que son mis mejores amigos. Pero cada vez es más difícil controlarla y por lo tanto disimular su presencia. Sin embargo no tengo otra opción. ¿Cómo explicar su existencia? Ni yo misma lo sé. Necesito ayuda. Algo tengo que hacer para deshacerme de ella.

 

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   Cuando Ysabeau nos contó esta historia no sólo no le creímos, sino que además nos preocupamos seriamente por su salud mental. ¿De dónde había sacado tan descabellada idea?  ¿Una gárgola pequeña que la defendía?

   Decidimos ocuparnos más de nuestra querida amiga. La llevábamos a todos lados con nosotros, para divertirla, para que pensara en otra cosa. No nos atrevíamos a aconsejarle que vea a un doctor por temor a que la considerasen loca. Sin embargo, esa noche…

Salíamos de la Opera. Yo iba todo el camino reprochándole a mi marido el haber aparcado el coche tan lejos, obligándonos  a caminar tanto con tacones altos. Llegamos al oscuro callejón en el cual había dejado el coche y ocurrió lo temido.

Un hombre, en evidente estado de ebriedad, nos cerró el paso amenazándonos con una pistola. Mi marido le dio su billetera y nos indicó que le entregáramos las joyas. Yo lo hice de inmediato, Ysabeau no reaccionaba. Nos volvimos para verla, y su estado nos dejó atónitos. Su boca estaba abierta y sus brazos extendidos hacia delante. De pronto su cuerpo empezó a alargarse y curvarse. Una mirada de terror se leía claramente en sus ojos. Sin saber de dónde apareció la gárgola. Sí, era pequeña y horrible. Se dirigió sin hesitar hacia el atracador. Ysabeau hizo un lento gesto con las manos, como para atraparla, pero era demasiado tarde.

El pequeño ser gruñía y chillaba mientras atacaba al hombre. Parecía querer arrancarle los ojos. Él estaba realmente aterrorizado y trataba de defenderse lo mejor que podía. Nosotros no nos arriesgábamos a intervenir. Y un disparo salió de improvisto. El cuerpo de Ysabeau cayó pesadamente. La criatura lanzó un alarido de dolor y dejando a su víctima, se acercó a ella. El hombre se encontraba semi-inconciente con profundas heridas en el rostro y los brazos.

Mientras mi marido llamaba a la policía, me dirigí hacia Ysabeau. La bestezuela me mostró los dientes gruñendo furiosamente. Comprendí que lo mejor era no hacer movimientos bruscos que corrían el riesgo de ser interpretados como un ataque. Acerqué lentamente mi mano. Ella terminó por lanzar un lastimero gemido. Comprendía que no quería hacerle daño, sino más bien ayudar a mi amiga. Ysabeau estaba agonizando. Miré a la criatura. En su rostro se veía verdadero dolor. En ese momento no lo comprendí, pero sus rasgos me parecieron más humanizados.

Cuando llegó la ambulancia cubrí al ser con mi estola. El temor a ser mordida era menor al de tener que explicar qué hacía yo con una verdadera gárgola en los brazos.

En el camino, Ysabea murió.  De inmediato se escuchó el desesperado llanto de un bebé. Abrí mi estola y miré con asombro que ya no cargaba a una gárgola, sino a una bella y rolliza niña de unos tres meses.

Fue difícil explicar la proveniencia del bebé, aún más llegar a tener la custodia. Pero luchamos, gastamos hasta los últimos ahorros en los mejores abogados. Luchamos por conservarla pues sabíamos que era la hija de Ysabeau.

Ya han pasado cinco años y la pequeña lleva el nombre de su madre y mucho más. Es igual que ella, con esa etérea belleza que llama la atención a donde vaya.

Alguien alguna vez habló de magnetismo casi animal al comentar la fascinación que Ysabeau ejercía en las personas. Qué cerca estaba de la verdad.

Pues ahora comprendemos que ella era también una gárgola y que al morir se encontraba en fase de reproducción. Jamás nadie se lo pudo explicar y su muerte no le dio tiempo de comprender la verdad, pues nadie, ni siquiera sus padres, lo sabían. Ysabeau era adoptada.

Nosotros, cuando llegue el momento, tenemos la gran responsabilidad de explicárselo a la pequeña Ysabeau, para que no tema, para que acepte su verdadera naturaleza sin problemas y pueda desarrollar sus habilidades. Pero por ahora, y sin que nadie lo note, vivimos con una gárgola.

 

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