VAMPIRO I

EL EROTOFAGO

 

 

 

El Erotófago se alimenta de vírgenes interiores.  Esas que se entregan como si fuera el último día de sus vidas y que aman como si fuera la primera vez.

 

El sufre a causa de su esencia infernal que lo hace vivir por los siglos de los siglos sin jamás poder utilizar una cama para dormir.  Quizá es para olvidar su desesperación que degrada a la pobre infeliz que cae en sus garras o quizá es por la ira de saber que él nunca será un ser humano.

 

Todos saben que las vírgenes interiores son cada vez más escasas y que las pocas que quedan desconfían hasta de la extraña sombra de los árboles, así que para lograr su cometido el Erotófago ha desarrollado el arte del camaleón.  Yo conocí a uno que empapeló su cueva con anaqueles atiborrados de antiguos libros imposibles de leer, conjuró al espíritu de Paganini para que tocase continuamente el Trino del Diablo en su madriguera, se puso un marquito de carey y hasta usó corbata, todo para hacer caer en sus redes a una inexperta jovenzuela infectada de intelocrácia. La muy tonta, impresionada por el falso decorado, lo amó tiernamente; pero la no tan tonta, en cuanto se dio cuenta del peligro hizo una reverencia y se fue sin más explicaciones.

 

Ella lloró dos meses, tres días y cuatro horas pero nunca regresó pues pensó que él ya había conseguido otra presa, es por eso que no se enteró que el Erotófago tuvo que contentarse con chupar los huesos de antiguas amantes compradas al por mayor.

 

 

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