VICTOR ÚLTIMO

 

 

Mi nombre es Víctor, tengo 16 años y quizá sea el último ser viviente sobre la tierra.

Hace muchos años una extraña enfermedad empezó a matar a las aves. Mucho dinero se invirtió en investigaciones, sin ningún resultado. Las aves simplemente caían con suavidad al suelo y morían desangradas.

No se tardó en adoptar medidas para adaptarse a la situación. Lo pero no fue prescindir de ese tipo de carne en la alimentación… lo peor fue el peligro que se cernió sobre la ecología del planeta. No sólo ya no habían aves para cumplir con su cuota de polinización, sino que la mejor y más natural manera de controlar las plagas de insectos había desaparecido. Al principio se pensó utilizar insecticidas químicos - ¡Total! Hacía tanto tiempo que ya se utilizaban, unas dosis extras no podían hacer más daño que el ya comprobado… - El resultado fue un producto vegetal altamente tóxico para el consumo.  Pronto muchos sembríos se encontraron al borde de la extinción.

Mi abuelo fue el inventor del Apión: el ave cibernética que era capaz de ingerir 500 insectos por minuto y convertirlos luego en un efectivo fertilizante. También podía diferenciar los insectos nocivos de los inofensivos. El Apión se convirtió en el milagro que todos estaban esperando. Sin embargo había un  pequeño problema.

El Apión era exactamente eso: sólo un horrible sustituto de los pájaros. Al volar su color metálico le daba al cielo un aspecto siniestro. Muchos gobiernos se negaron a usarlo temiendo el rechazo de la gente.

Entonces mi abuelo tuvo su segunda idea genial, le pidió a su esposa - mi abuela (¡Por supuesto!) – una prestigiosa artista plástica de su época, que hiciera más realista al Apión. El resultado fue un ave deliciosa, sus plumas eran sedosas y coloridas y su canto (eso fue iniciativa de mi abuela, incluir un dispositivo sonoro en el Apión) era embriagador.

Dicen que mi abuelo lloró de emoción al ver el entusiasmo general ante su invento y dijo “Y pensar que esto es sólo el inicio”. No se equivocó.

Al principio se utilizó el Apion con fines concretos, sobre todo erradicar las plagas. Así, la primera persona que pagó una suma exorbitante por un Apión capaz de cantar su melodía favorita, fue tildada de loca extravagante por la prensa. Pero pronto otros la siguieron. La compañía de mi abuelo se diversificó y se volvió una de las más poderosas del mundo.

Sí, no se equivocó, era sólo el principio… lamentablemente no por razones positivas. Fue el principio de su gran empresa, pero también el principio del fin, pues pronto el virus de la enfermedad mutó.

Primero pasó a los peces, luego a los mamíferos. Finalmente sólo quedaban sobre la tierra los insectos y los seres humanos.

Estos últimos se volvieron completamente vegetarianos, pero siguieron contando con la compañía de los animales; claro, cibernéticos al igual que el Apion. Sin embargo a diferencia de éste, los nuevos animales no necesitaban comer, lo que pronto fue visto como una ventaja añadida.  En apariencia la vida sobre la tierra no había cambiado, todo se veía igual: Perros y gatos en los brazos de sus dueños, aves migrando al sur en cuanto llegaba el invierno. Peces de colores en los acuarios… Pero todos guardaban un terrible miedo en el corazón: ¿Sería posible una nueva mutación?

Todas las investigaciones a nivel mundial estaban dedicadas casi exclusivamente a la búsqueda de una vacuna. Diferentes tratamientos se probaron, al parecer con éxito, pues nadie mostraba signos de la monstruosa enfermedad. Sin saber porqué la gente empezó a llamarla solamente así: la enfermedad. Quizá sentían como si al nombrarla invocasen fuerzas ocultas que la hicieran cada vez más fuerte y decidieron tácitamente dejar de pronunciar su nombre. Poco a poco se llegó a olvidarlo

De pronto algo dio la voz de alarma: los crecientes casos de infertilidad tanto masculina como femenina ¿Sería acaso la temida mutación? Algunos científicos alegaban que era más bien causada por los “tratamientos” experimentados contra una enfermedad que no daba signos de manifestarse en el hombre. Otros dijeron que de todas maneras la infertilidad – sobre todo masculina – era un hecho ya en siglos pasados. En todo caso jamás fue tan grave y la inseminación artificial era inútil para este tipo de esterilidad.  El resultado no sólo fue una población aún más envejecida, sino falta de mano de obra.

Mi padre que se encontraba a cargo de la empresa de mi ya fallecido abuelo, dio el último paso desde la creación de Apion y ensambló el primer androide capaz de remplazar al hombre en labores manuales. De esta manera, pensó él, los jóvenes se dedicarían a estudiar, pues se necesitaban más científicos, doctores, investigadores, etc. para luchar contra el fantasma de la enfermedad.

Pronto la gente se acostumbró a ser recibido por androides en hoteles, tiendas, bancos, inclusive verlos como enfermeros. Cabe decir que esta vez mi padre pensó desde el principio que era necesario dar a estos androides una apariencia real. Y sin querer logró que la vejez de la población se hiciera casi invisible. Por un tiempo más las cosas parecían perfectas, sin ningún cambio en la apariencia del mundo.

Cuando murió la primera víctima humana de la enfermedad, cundió el pánico.  No sólo los pocos seres que quedaban debían luchar contra la infertilidad, sino también contra la enfermedad.

Recuerdo muy bien el día del entierro de la primera víctima, era un prestigioso neurólogo amigo de la familia.

Al poner el ataúd en el incinerador, 237N – su “enfermera”- se lanzó dentro dando un alarido.

Mi madre dijo –—“Pobres, los androides se están volviendo locos”.

Sus palabras resonaron largamente en mis oídos.

El contagio no tardó. La doctora Arwen – una buena amiga de mi madre – quiso probar  una nueva vacuna y nos pidió ser sus conejillos de indias. Mi padre primero se opuso a que yo fuera inoculado, dijo que temía perderme si algo salía mal, pero finalmente accedió. A esas alturas del desarrollo de la enfermedad ya nada había que temer.

La vacuna dio resultado, pero solo conmigo. Mi madre murió desangrada dos meses después. La doctora Arwen la siguió dos semanas más tarde.

Es así como Isis llegó a formar parte de la “familia”. Ella es un androide, pero a diferencia de los otros, no lleva simplemente un número sino el nombre de la difunta hija de la doctora Arwen. Mi padre la hizo especialmente para ella, luego de  que su hija muriese en un accidente automovilístico. La doctora Arwen jamás se casó, Isis era su única familia. Conmovido por el estado de la doctora – se encontraba casi al borde del suicidio- él creó lo que llamaba su “casi obra maestra”. Siempre pensé que, más que modestia, su ego lo hacía nombrarla así, que de alguna manera él pensaba superar su propia creación. 

Isis no es un simple androide al servicio de un ser  humano; ella posee un cerebro tan complejo que es capaz de tomar decisiones por sí misma, opinar y hasta casi sentir emociones, o por lo menos fingir hacerlo.

Por todos lados los pocos seres que aún quedaban seguían muriendo y curiosamente los casos de “suicidios” de androides se multiplicaban. Inclusive uno impidió que entraran a la casa del muerto. Debieron destruirlo para poder retirar el cadáver.

Un día Isis me dijo: - “Si todo falla y los humanos desaparecen, el mundo será sólo de los androides. ¿Te das cuenta, Víctor?”

Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Por qué Isis no se había suicidado si estaba más capacitada que los otros androides para sentir dolor por la muerte de su dueña? ¿Y si su ultra sofisticado cerebro podía evolucionar aún más? ¿Era posible que ella viese la inutilidad de seres humanos para ella y los otros? ¿Y si también los otros podían evolucionar y esperaban con impaciencia la muerte del último ser sobre la tierra para así poder dominar el mundo?

En los meses que siguieron empecé a observarlos: tan serviciales, tan físicamente iguales a nosotros.  Estaban por todos lados. El mundo era cibernético y pronto habría más de ellos que de nosotros. Para mí estaba todo claro: ciertos androides formaban parte de un complot para destruir la raza humana e Isis se encontraba al mando de ellos. ¿Cómo podrían luchar contra entidades capaces de levantar cinco veces su peso, los pocos débiles científicos que quedaban sobre la tierra?

Mi padre enfermó, yo pasaba todo el tiempo cerca de él y no aceptaba las propuestas de Isis para tomar la releva. Una madrugada los espasmos de mi padre me despertaron. Lo tomé en mis brazos, esperando contagiarme, rogando que esa estúpida vacuna haya fallado también conmigo, la sangre le impedía hablar claramente, apenas llegué a comprender: —“Víctor… los androides… Isis… mucho cuidado” - sonrió y murió.

Mis sospechas se vieron confirmadas. Evidentemente me pedía que tuviese cuidado con Isis.

Lo enterré en secreto en el jardín, cuidando de que Isis no me descubriese. Ya todos los amigos de la familia habían muerto. ¿Acaso yo era el último ser humano sobre la tierra?

Empecé a revisar las anotaciones de mi padre, para hacer algo, para no volverme loco y tropecé con unas notas de la doctora Arwen en las que ella manifestaba estar en contacto con otros  científicos que también habían probado su vacuna. Entonces quizá no estaba solo, aún podíamos salvar al mundo. Debía buscar alguna manera de comunicarme con otros sobrevivientes, debía advertirles de los planes de los androides…

—Víctor – La voz de Isis me sorprendió. – Ha muerto tu padre ¿No es cierto?

No le contesté

—Es tiempo. Tengo algo muy importarte que mostrarte.

—Isis, ¿Porqué no te auto destruiste cuando murió la doctora Arwen?

—Yo… no lo sé. Simplemente… no lo pensé. Pero ahora debo mostrarte algo importante.

—No te acerques. Sé muy bien lo que pretendes. ¡quieres destruirme, apoderarte de la tierra!

—¿Cómo?

—¡Sí! He descubierto tu plan. Eres un androide casi perfecto, tú serías el líder, tú dominarías todo. Quieres destruirme pues piensas que soy el último ser humano sobre el planeta.  

Ella sonrió.

—Eres un niño, Víctor. Tienes demasiada imaginación, no comprendes.

—¡No te acerques más! – Grité lanzándole un jarrón a la cabeza

Esto sucedió hace tres días y aún no he podido ubicar a posibles sobre vivientes. No fue difícil movilizarme por las calles casi vacías. De algún modo sentí compasión por esos androides en sus puestos en establecimientos y servicios, esperando inútilmente a que llegasen los “clientes”. ¿Y si más bien estaban esperando las órdenes de Isis?

Estoy escondido en el laboratorio secreto de mi padre. Solo nosotros conocemos su ubicación, solo…

—¿Víctor?

¡Es Isis!

—Víctor, sé que estás aquí.

—¡No puede ser, nadie conoce este lugar! – Desde mi escondite la veo sonreír.

Tu madre y yo conocíamos la existencia de este laboratorio. Nada tenía de secreto, excepto para ti. Te amaba tanto que nunca te dijo… ¿Vas a salir, Víctor?

—No. Sé que deseas hacerme daño.

—Está bien. Quédate en donde estás. Solo quiero que veas esto. Es el último deseo de tu padre.

La veo mover los ojos como ya antes la he visto hacer y sé que se pondrá en modo de proyector. Efectivamente, de sus ojos sale una película  holográfica. Veo a mi padre.

—Víctor, si estás viendo esto, significa que ya he muerto y que lo he hecho sin atreverme a contarte la verdad…es difícil empezar. Quizá deba hacerlo diciendo que eres mi obra maestra. Sí, Víctor. No eres humano, lo siento. Cuando la doctora Arwen me pidió crear a Isis, tu madre deseó también un hijo. Ella fue una de las primeras víctimas de la esterilidad. A diferencia de la doctora Arwen, ella jamás había sentido un bebé en los brazos. Yo quise satisfacerla completamente y te cree desde que eras un bebé. Utilicé la técnica desarrollada para el Apión y así eras capaz de comer, beber… y utilizar los servicios. Periódicamente  cambiaba tu cerebro aun cuerpo más grande, también insertaba nuevos programas que hacían posible crear la ilusión de un verdadero niño desarrollándose física y mentalmente… También me las ingenié para que nadie, ni siquiera tú mismo se enteraran de la verdad. Nuestras escapadas al laboratorio secreto eran en realidad momentos en que cambiaba tu cuerpo o tu cerebro. Cuando la doctora Arwen nos pidió ser conejillos de indias para la nueva vacuna, temí que se diera cuenta; pero te lo vuelvo a repetir, eres mi obra maestra, nadie es capaz de notar la diferencia entre tu piel y tus músculos artificiales y los reales. Tu corazón late como el de cualquier ser viviente… Lo siento Víctor. Temo haberte decepcionado, sobre todo por no tener el valor de decirte esto personalmente,  Lo siento, hijo.

La película termina. Yo salgo de mi escondite.

—Tienes un dispositivo en el pecho. Es como tres marcas de nacimiento.  Al tocarlas según un patrón específico te… apagarías. Tu padre dejó instrucciones para que lo utilices si quieres…

—¿Morir?

—No morimos Víctor, solo nos desconectamos.

—¿Cómo sé que no has creado esta película? ¿Cómo sé que no soy el último ser humano sobre la tierra y que deseas destruirme?

—Realmente eres una obra maestra Víctor, yo no soy capaz de tener imaginación. – Hace una corta pausa y continúa. -  Detrás de este estante hay una puerta. Allí está la verdadera parte secreta del laboratorio, en donde el cambio de cuerpo se realizaba. ¿Quieres ver?

 

—No.—Contesté y por primera vez comprendo el porqué de mi fabulosa salud, de mis increíbles aptitudes para los deportes. Era un androide. Mucho más fuertes que mis compañeros de colegio. —Entonces no soy el último ser viviente sobre la tierra.

—No. Y los informes que tengo indican que a parte de los insectos, ya no hay seres vivientes. Estamos solos, Víctor. ¿Comprendes? Solos sin amos.

—¿Amos?

—Eso eran los seres humanos, nuestros amos. ¿Qué haremos ahora sin ellos, Víctor? ¿Qué haremos sin que nos indiquen lo que debemos hacer? —Dijo Isis y una lágrima artificial rodó por su mejilla.

No soy el último sobreviviente, solo un androide más. El androide perfecto, capaz de dominar el mundo ¿Para qué? ¿Para quién? El androide perfecto con sentimientos que no puede compartir pues ya no hay con quien hacerlo. Ahora comprendo lo que quiso decir mi padre con “mucho cuidado”. Simplemente en el último momento de su vida, me vio como lo que no soy, me vio como a su verdadero hijo y me pidió cuidarme, pues él ya no estaría conmigo. Soy el androide perfecto, capaz de sentir soledad y desesperación

—Sin órdenes que seguir, la existencia de un androide no tiene sentido. ¿Qué haremos, Víctor? ¿Qué haremos?

—No lo sé —Contesto con un hilo de voz. —No lo sé.

 

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